
Hay tanta quietud en el olvido.
Aguas estancadas, soles implacables, noches de ultratumba.
Tanto amor echado a los perros, tanta promesa disuelta a golpes químicos, tanta descarga mediática sobre los cerebros y tanta tormenta de hielo inmovilizando los mares.
Y ahí van los turistas con sus digitales y dialectos. El mundo sensible ha estallado pero ellos siguen ahí, vagando como locos sin locura sobre las cubiertas de cruceros perdidos, de mares absolutos, de nostalgias sin puertos.
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