sábado 7 de noviembre de 2009

LUCHA Y ORGANIZACIÓN POPULAR


Una de las razones -si no la principal- del cruento golpe de estado de 1976 en la Argentina fue desarmar el complejo tejido de la organización que hasta entonces se habían dado los sectores populares -gremiales, vecinales, trabajadores de diferentes oficios, villeros. La guerrilla ya había sido diezmada y no era una preocupación militar ni política de la entidad que se le adjudicaba desde el poder para justificar el baño de sangre. La organización popular, en cambio, era el objetivo y la amenaza real al poder de la burguesía ligada al capital trasnacional y agroindustrial de la llamada pampa húmeda.
Treinta y seis años después, a un paso de las celebraciones presumiblemente huecas por el Bicentenario (va así, con mayúscula), el pueblo vuelve a organizarse. Y a generar preocupación en los sectores dominantes.
Muestra palpable de este resurgimiento es el escándalo mediático-político armado en torno de la organización Túpac Amaru, en Jujuy, y -a las puertas del poder portuario- la huelga salvaje de los trabajadores del subterráneo de Buenos Aires. En ambos casos, el núcleo del problema a resolver por los estrategas del poder burgués es cómo operar sobre ambas coyunturas, exponerlas a la veleidosa "opinión pública" mostrándolas como organizaciones ligadas al narcotráfico -la Túpac Amaru- y una "lucha interna sindical" que "toma de rehenes a los ciudadanos" -la pelea de los subtes.
La Túpac Amaru no es Cáritas, eso queda claro, ni Milagros Sala es la Hermana Teresa. Se trata de la organización que se han dado los sectores más postergados y tradicionalmente humillados de la sociedad jujeña que, al amparo de un gobierno que por diversas razones ha hecho de los subsidios una sólida herramienta de poder, consiguió canalizar esos fondos -sin duda abundantes- para construir decenas de viviendas, dispensarios y escuelas allí donde sólo había olvido y miseria. Y lo ha hecho con mano de obra surgida de su propia entraña, bajando a la mitad los costos que empresas privadas insumen para el mismo tipo de emprendimientos y puenteando al arraigado cacizago político provincial.
Los trabajadores del subte cuestionan desde hace años a la conducción de la ultrapoderosa U.T.A. (Unión Tranviarios Automotor), ligada al líder camionero de la C.G.T. oficial y única "reconocida" legalmente, Hugo Moyano, que a la sombra del actual gobierno ha consolidado su poder hasta hacer temblar de impotencia al omnipotente Grupo Clarín, bloqueando las salidas de los camiones que distribuyen sus publicaciones y las de "La Nación". El cuestionamiento de los trabajadores del subte acabaría transformándose en rabia y rebelión cuando la inoperancia del Ministerio de Trabajo puso en evidencia una conducta dilatoria que busca evitar el reconocimiento de esta agrupación, que cuenta con el sólido respaldo de sus bases estafadas por la U.T.A.
De este modo, y como sucedió recientemente con la resistencia de los trabajadores de la ex-Terrabussi a ser manipulados por una patronal digna del medioevo, resurgen las luchas obreras y su consecuencia, la organización popular, que tanto preocupó y preocupa a una dirigencia empresarial y política que una vez más ve amenazadas sus pretensiones de convertir para siempre a la Argentina en una gran estancia productora de commodities agrícolas y de alimentos básicos. Un proyecto de país, o un país que desde hace décadas intenta construirse, en el que los trabajadores de cualquier condición sobran y además molestan cuando, como en estos casos, pretenden organizarse para alcanzar formas de vida más dignas y acordes con esa civilización que tanto adorador del primer mundo dice defender.

domingo 1 de noviembre de 2009

CORRUPTOS DE LA MADRE PATRIA


Los escandaletes de corrupción surgidos por estos días en España me llevan a preguntarme si antes nadie se daba cuenta. Antes de la crisis, digo. La corrupción del gobierno argentino -que es la del peronismo y de la sociedad en su conjunto, pero que se expresa groseramente entre quienes detentan temporalmente el poder- existe y existió siempre; los negocios privados de Néstor Kirchner y sus secuaces no eran secretos pero se ocultaban por mandato de la patronal periodística, socia del poder político. Cuando Cristina Fernández es vencida por la rebelión fiscal de los dueños de la tierra, los escándalos de corrupción se multiplican. Y llegan a saturar a diario la primera plana de Clarín cuando se anuncia y se sanciona la llamada "Ley de medios audiovisuales".
Muchos de los casos de corrupción denunciados nunca alcanzan los cielos de la justicia. O porque no hay pruebas fehacientes -los corruptos borran sus huellas con mayor eficacia que los asesinos seriales- o porque sencillamente no existieron. Pero no importa, ya están instalados en la opinión pública, el lobo aúlla a la luna y la majada tiembla.
Después de la fiesta que disfrutaron los "brokers" en los mercados financieros del mundo, España no sólo aparece como la principal damnificada de la Europa occidental sino que, además, le estallan las pústulas de la corrupción.
Insisto con mi pregunta, a ver si alguien me la responde: antes, ¿nadie se daba cuenta?

jueves 29 de octubre de 2009

DOS POLLOS


Lo persiguieron durante horas y por fin lo acorralaron en los techos de un vecindario pobre de los suburbios. Llegaron primero los patrulleros -él contó media docena, aunque probablemente fueran más. En minutos, apenas, el techo de alquitrán que pisaba vibró bajo los motores del helicóptero desde el que le intimaban rendición. Pudo ver, desde su refugio bajo el tanque de agua de la torre de departamentos, cómo los tiradores de la policía buscaban sus posiciones en los techos de los edificios cercanos.
Tiene que ser un malentendido -se dijo mil veces, maldiciendo su suerte. Sólo había robado comida de un supermercado, dos pollos frescos, una bolsa de papas fritas congeladas y una botella de cabernet. Apenas sonó la chicharra de alarma de la puerta de acceso al súper, empezó a correr. Si tuviera la oportunidad de ver los noticiosos o de leer los diarios, más tarde, se enteraría de que por ese mismo barrio buscaban "a un peligroso ladrón de bancos, fuertemente armado". Pero estos que lo acorralan no le darán la oportunidad de enterarse. No está mal, después de todo, morir como lo que nunca he sido -se dice. A veces, un buen consuelo es la mejor extramaunción. Mira el helicóptero, los tiradores, se asoma para ver los patrulleros abajo: no son menos de diez. Y curiosos, periodistas, gente del barrio.
Sale de su escondite con los dos pollos en alto y se deja balear.
Tampoco iban a arrestarlo como a Capone, por haber evadido impuestos.

domingo 25 de octubre de 2009

HABLANDO DE LA NOCHE

Biedma presentó en Madrid una reedición de "El espejo del monstruo"


Los monstruos de la literatura se han asomado ya en nuestra infancia, instruyéndonos en los recovecos de la noche, guiándonos, con torpeza tan congénita como sus deformidades, por pesadillas que eran al mismo tiempo señales, gritos ahogados, caricias perdidas en el desconsuelo. Así empezamos a discernir, con el transcurrir de las madrugadas, los variados tonos grises del espanto, el inasible rostro de la desesperanza.
Imagínate ahora, que ya eres adulto, unos monstruos que recojan la desolación del jorobado de Notre Dame, la lóbrega jocundia amorosa del fantasma en la Ópera de París, los siniestros mohines con los que la criatura del doctor Frankestein intentaba despertar la ternura despavorida de nuestras viejas tardes de cine.
Despójate, a continuación, de todo tu bagaje de prevenciones y prejuicios, de tus rechazos tanto como de tus adicciones, y acepta entrar, paso a paso, en un mundo donde, a diferencia del abordado por la Alicia de Lewis Carroll, tú eres el espejo.
Ya estás en clima y ya te desplazas por las entrañas de una novela nada común, de un folletín por entregas -si nos atenemos al formato propuesto por su autor-, de una historia donde al desgarro de la pérdida se suma el de las garras propiamente dichas, donde a la mirada oblicua y múltiple de la complejidad humana se suma la concentrada y unidireccional del cíclope, donde los cuerpos han sido torturados no hasta morir sino hasta nacer, donde la peor de las pesadillas comienza con el despuntar del sol.
Hay muchos y variopintos monstruos en "El espejo del monstruo", de Juan Ramón Biedma. O hay, por decirlo de otro modo, uno solo. Que en el espejo que eres tú, lector, empieza a refractarse, a multiplicarse como un tejido tumoral que busca ocupar los confines del universo.
Hay un inspector con nombre de cosecha, de rostro repulsivo arrasado alguna vez por el fuego, que se debate en sus propias cenizas para encontrar la fuerza indispensable que le permita tolerar aquello a lo que se enfrenta. Vendimia, que así se llama, se une a su pesar con Set Santiago, un abogado que ha purgado en prisión la peor de las condenas -la de la muerte tal vez involuntaria de su hija-. La misión que los une es hallar a los responsables de las horrendas muertes de seres solitarios, acorralados -por la sociedad genéticamente estable- a los últimos y hediondos rincones de su marginación, aislados, refugiados en la intemperie de lo irremediable.
Quienes así viven, esperando que tal vez la muerte los alivie, son víctimas que antes fueron victimarios. No tan feroces, probablemente, como esos ancianos de aspecto gentil y finos modales que sobreviven sin arrepentimiento ni pena a sus crímenes de lesa humanidad, sus atrocidades de guante blanco, sus trabajos por encargo para sostener un orden más aberrante que el establecido en indefensos cuerpos por la locura de las células.
Como en la anterior novela de Biedma, "El manuscrito de Dios", a los investigadores de "El espejo del monstruo" los une el rechazo, la soberbia que sólo da la absoluta soledad, la certeza del abismo como final de cualquier atajo. También hay una mujer, Paloma Terán, cuya lucidez y coraje es tardíamente reconocido por el dúo, y la sombra anfibológica de la pasión, que toma la forma de Taifa, la cuarta mujer que no lo es tanto sin dejar de serlo y que recorre la trama de la historia como un lobo puesto a lazarillo.
No te desveles, lector de monstruos, por llegar a la última página, no apures el paso, demórate en las palabras, que de eso se trata la literatura, y acepta los juegos a veces incandescentes, otras a lo ruleta rusa de la frase certera, de su a menudo reinventado idioma.
No te alarmes por tanta malformación, tampoco caigas en la tentación de las interpretaciones lineales, ni busques un único motivo al desvarío de una sociedad que se autocomplace en la violación sistemática del más débil, en la conmiseración racista, en el perdón a sí misma que ningún dios, ni el más perverso y de ser efectivamente escuchado, temido y obedecido, convalidaría.
El escenario es Sevilla, otra vez y por qué no, Sevilla. Ciudad monstruo, lluviosa, pecaminosa y oblicua, bifronte, de catedrales fugaces, de callejones donde de verdad comulgan los impíos.
Vendimia no puede dejar de investigar, teme al silencio y a la quietud, a la falta de peligro, al amor que se inventa en su momento más cruel y por eso mismo, más humano.
Set Santiago tampoco quiere detenerse, la culpa y la consiguiente repulsa a seguir viviendo lo empujan, prepotentes, hacia lo que más teme.
Paloma Terán, que hacia el final de la novela crece con toda la potencia de los personajes secundarios inolvidables, es ese hálito que recorre el libro, esa "ternura no deliberada" con la que el autor define, también tardíamente, a Paloma.
Y es que el horror, el verdadero horror, no es el que se inventa con palabras sino el que preside los actos de los hombres cuando se empeñan -y de qué otro modo se construyen las sociedades ordenadas- en imponerse unos a otros.
Los monstruos, en cambio, los ya aludidos de la literatura, los que aquí nos ocupan, caminan en puntas de pie por los desvanes de nuestras conciencias, arrastran sus cadenas de fantasmas biológicos, nos aterran porque cuestionan el orden que suponemos inmutable, devuelven sin afeites la real naturaleza de nuestros rostros de Narcisos.
No leas el libro de Biedma si buscas una historia de bestias repugnantes, de asesinatos atroces como desafíos al típico sabueso que sólo reacomoda las fichas para que siga el juego.
Intérnate en cambio en sus páginas -como Vendimia, Set Santiago, Paloma y Taifa lo hacen por sombríos arrabales de Sevilla, por hospitales abandonados, por clubes de putas y demoníacos santuarios- si lo que te atrae es esa sospecha de que la última palabra no ha sido dicha. Búscala en frases lacerantes de Biedma, en el humor que como la luz de una cerilla alivia las escenas más negras.
Y no confundas con efectos residuales de la adrenalina al estremecimiento que te deja el libro al terminar de leerlo. Será compasión lo que sientas, sobre todo por Set Santiago, ese abogado convicto de sí mismo, que demasiado tarde descubrirá que no somos el monstruo sino su espejo.
Hablando de la noche, Biedma apuesta con envidiable talento a la luz menos estentórea, la que desvela esa difusa línea de sombra con la que la tarde de invierno traza su límite. Con su literatura, Biedma carga y proyecta imágenes como una linterna mágica y nos recuerda, como un eco de Macedonio Fernández, que no toda es vigilia, la de los ojos abiertos.