sábado, enero 22, 2011

LAS COSAS MÁS FÁCILES

Anunció que, al día siguiente, ya no lo encontraría. Lo dijo sin rabia, como quien saca sus conclusiones tras enunciar el postulado de un teorema.

A ella le pareció lógico que se fuera, que hiciera las cosas más fáciles: se dio vuelta y abrazó su almohada. Ni siquiera oyó el portazo.

Y fue eso, tal vez, lo que la despertó sobresaltada, a la mañana siguiente. Se había ido en silencio, demasiado, para lo que eran sus costumbres. Desde una cabina pública –para que no la identificara cuando atendiera- llamó a su casa y luego a su trabajo: no, nadie lo había visto.

Pasaron los días y lo mismo, nadie, nada.

La curiosidad dio paso a la inquietud ante lo inexplicable y luego se desencadenó la zozobra. ¿Por qué lo buscaba? Llamó a salas de guardia de hospitales, a comisarías y hasta presentó un habeas corpus, nada.

Nunca, nada, nunca más.

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