lunes, noviembre 28, 2011

MAMÁ ME AMA, PAPÁ ME APÓ


Es una historia por momentos kitch y por momentos espeluznante. 
La hija del Che, Aleida Guevara March, dice que ama a papi pero papi apenas si estuvo con ella y la vio por última vez a los cinco o seis años, pero no como papi sino como un señor calvo y con anteojos y sin barba que regresó de incógnito a la isla para perderse luego en su último fracaso existencial/revolucionario. En esa ocasión, Aleida que era tan pequeña y había visto antes tan poco al papi sufrió un duro golpe en un juego infantil y el señor calvo y con anteojos y sin barba que además de ser el Che era médico y era su padre aunque no se dio a conocer como nada de lo que era, la recogió en sus brazos, y Aleida dice hoy que le confesó a su madre que tuvo entonces la sensación o certeza de que ese señor que no era lo que aparentaba estaba enamorado de ella.
Un raro complejo de Electra dulcificado por la memoria tamizada en las redes de una revolución que alguna vez dejó de serlo, un culebrón socialista del siglo veinte que suena a exhumación de unos restos del Che que tal vez no debieron ser expuestos de esta manera.
Y después dicen que somos los escritores los que escribimos novelas.

jueves, noviembre 24, 2011

ERNIE


Quedan pocos bares con estaño y mesas de billar. Por eso, cuando entro en uno –Avenida de los Corrales, al fondo de Mataderos- me pregunto si existe, si no estoy internándome en alguna alucinación.
-Una bols-, respondo al qué le sirvo, jefe, del bolichero. -No hay nadie jugando- comento, por hablar algo y porque es cierto, las mesas de billar están desiertas como el bar.
-No hay nadie en ningún lado- dice el tipo. -Mire Buenos Aires… no queda ni el loro.
Me cuesta creer que esté hablando en serio pero es cierto: me doy vuelta hacia la calle también desierta, silenciosa, que empieza a cubrirse de nieve.
-¿Qué es esto, el eternauta?- me inquieto.
Se sirve también una bols: -no me gusta que la gente beba sola-.
Brindamos.
-Guillermo Orsi- me presento.
-Pike… Ernie Pike.
-Creí que estaba en Okinawa.
-La guerra terminó, boludo. Esa guerra, por lo menos.
-Brindemos por otras, entonces.
-Salute- dice Ernie, aunque ya no brinda conmigo sino con un retrato en tinta china de Hugo Pratt que, algo escorado hacia la izquierda, cuelga bajo el estante de las bebidas.

lunes, noviembre 21, 2011

EN PUNTAS DE PIE


El día se hace largo. O la noche, si te toca. Interminable. Llegar, cambiarse, calzarse la ropa de fajina, los pasamontañas, salir a cazar. Miente el que dice que no hay adrenalina, que es un paseo, siempre algún loquito te puede cagar a balazos, reventar con una bomba puesta, joderte la vida si no te mata.
Pero lo que me altera son los gritos. Por eso ni me acerco a las parrillas, que se encarguen otros, los que la disfrutan. Aunque tampoco la pasan bien: a veces los chupados se les van y después los jefes los cagan a pedos. Pelotudo de mierda –les gritan-, qué hacemos ahora, imbécil.
Y tienen razón, los jefes, porque sin datos siguen jodiendo aunque se mueran, hay otros afuera, hay muchos todavía y la caza nunca acaba.
Se hace largo, el día. O la noche, da lo mismo. Y vuelvo cansado. Ni fuerza para atender a los pibes, tengo, aunque estén despiertos, déjenme tranquilo –les digo, y ella: viejo, tratalos bien, pobrecitos, te extrañan, preguntan por su padre.
Tenés razón, le digo a ella y entro en la habitación de los pibes, en puntas de pie.
No soportaría que se despierten sobresaltados, que no me reconozcan en la oscuridad, que griten.

sábado, noviembre 19, 2011

CAFÉ, LE DIJE


Ella dice que me quiere y yo, que no puedo olvidarla. Acordamos volver a vernos, comprobar si algo de lo que decimos es cierto o es pura nostalgia de los mejores tiempos. 
Bar de barrio, ventanal a una avenida algo ruidosa, tardecita de sol, brisa fresca del sur, cielo limpio. Me siento, pido un café, no sé por qué le digo al mozo que espero a alguien.
-Está bueno, eso- el mozo, joven, no más de treinta: -esperar a alguien, siempre es bueno esperar a alguien.
-Y que te quieran- digo, por hacer tiempo, comentar algo.
-Ah, eso ya es distinto- enigmático, el mozo. Repasa la mesa con un trapo, barre unas migas de la consumición anterior y sombrío, ahora: -¿Café, me dijo?
-Café- confirmo y es lo último que habré dicho esa tarde porque a la hora de irme dejaré un billete de diez sobre la mesa, que incluye la propina.

lunes, noviembre 14, 2011

ELLOS Y NOSOTROS


¿La trama, el estilo, el lenguaje, los puntos de vista, primerasegundaotercera persona, verosimilitud, diálogos, monólogos? Nada de esto importa a los que deciden nuestros destinos en la política, en la economía, en el mundo empresario, en el hampa organizada (un área, como tantas otras, del mundo empresario). Ellos son sin embargo protagonistas de nuestras historias del presente que sospechamos, del ayer que nos contaron, del mañana que inventamos.
Y a nosotros, los escritores, ¿nos importan estos tipos? Creo que no. A mí, por lo menos, me resbalan. Sin nosotros, ellos no existirían. Nadie los describiría, nadie los narraría tratando de rescatar de sus mediocres vidas algo, un estallido de heroísmo, un brote de pasión, el encuentro final con la ceguera y el llanto.
Ellos se ocupan de los negocios, la guerra y las promesas no cumplidas.
Nosotros, del desconcierto y los abismos. 

sábado, noviembre 12, 2011

OTRAS FIERAS


Lo que no olvida de Tucumán es el aroma del lapacho. Por él regresa, en esta tarde de octubre. Porque sabe que está en flor, así de simple e inevitable.
No vuelve tanto por sus padres viejos ni por su novia nueva, todo se desdibuja con la distancia y el tiempo, pero los aromas, y con la fuerza de una pasión el del lapacho, lo llevan de vuelta, esta tarde, y cruza feliz desde la plaza hacia la terminal de ómnibus de Retiro.
Los pibes -no más de quince- son tres.
Uno que se le pone a la par, otro adelante y otro que camina por detrás, en medio de la multitud ciega que como él cruza la plaza. Le pide plata, el bolso, lo que lleve puesto el que camina a la par y los otros acortan la distancia para que entienda, pero él, acostumbrado a lidiar con otras fieras en los hoy lejanos montes de su provincia natal hace un movimiento, un reflejo defensivo como si todavía lo amenazara un puma desde la espesura o en la picada del cañaveral se le hubiera cruzado una cascabel.
El reloj de la plaza da sus campanadas de las siete de la tarde, siete campanadas y con la última los primeros gritos, la multitud que apenas si abre los ojos, el cuerpo exánime sobre su propia sangre que huele tanto a lapacho en esta tarde de octubre, tan lejos de Tucumán.