¿Es trabajo escribir? Y si lo
fuera, ¿qué? ¿Debe alguien pagarnos por ello?
Preguntas de este tipo
proliferan en la pedorra noche existencial como lo que son, fuegos de
artificio, petardos multicolores que se extinguen entre explosiones de ira,
felicidad y desconcierto.
Me siento y escribo –o lo
hago de pie, como Dostoievsky, atormentado por sus crisis hemorroidales. ¿O era
Chejov? Un ruso, seguro. El vodka y los fermentos hacen estragos en la mucosa
rectal.
Si nadie me paga, ¿escribo? Y
si me pagan, ¿qué escribo? Vos tendrás tus respuestas, yo no. Si las tuviera,
no escribiría.
Pero no sé de qué se trata,
quién es quién en la galería de celebridades y de anónimos, qué forma es
superior a otra, qué mentiras encubre una ficción que indaga en la verdad, por
qué pasillos malolientes de un hospital abandonado vaga el último paciente de la
locura.
¿Vale lo que cuento? O cuento
para que suene una música, unos compases que golpean a tu puerta por la noche,
una mujer desnuda que se desliza en tu cama sólo para desvanecerse al primer
abrazo.
Un hombre ha muerto esta
mañana en Amaicha del Valle, Tucumán. Plena montaña, al borde de un arroyo
seco. Lo encontró un arriero y sentó su cadáver sobre una piedra blanca. Al
trepar el sol sobre el altar del mediodía, el muerto miró al arriero para
recién entonces cerrar los ojos.
“Ceremonias de la soledad”,
murmuró el arriero y emprendió el regreso a su rancho de piedra y adobe.
La mujer desnuda –él no lo
sabe- lo visitará esta noche.
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