Hasta el último de los herederos acercó su oreja a la boca del viejo, herida sin sangre por la que el decrépito se desairaba, se desalentaba, se desdecía. "Dejaré de ser... sin haber sido", dijo. Y a casa todo el mundo, a esperar la cita con el escribano.
martes, mayo 11, 2010
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